Córdoba tiene un problema para quienes viajan con poco tiempo: no se puede resumir en una sola idea. Quienes dicen «me voy a Córdoba», en realidad podrían estar anunciando que van a una gran ciudad, a pueblitos serranos donde pasar el día tomando mate junto a un arroyo, o a sus distintos valles donde la ruta manda y cada curva cambia el paisaje. Pensándolo bien, esto no es un problema; es el encanto, y también la trampa: hay que elegir.
Pero, antes de definir un itinerario, es importante definir cómo llegar. Si bien hay muchos medios de transporte, llegar a Córdoba en micro simplifica bastante la logística. Uno se baja más descansado, se evita la ruta y se sacan del medio los peajes, el estacionamiento y esa pérdida de tiempo que aparece apenas se pisa una ciudad nueva: dónde dejar el auto, cómo moverse, qué hacer con el equipaje. Si el horario acompaña y la llegada es a primera hora, el primer día se puede disfrutar por completo.
Comenzando por Córdoba Capital, lo mejor para sacarle el mayor provecho a tu viaje es visitar la ciudad sin prisa. El centro histórico es un clásico, por supuesto, pero también hay otras zonas imperdibles alrededor: Güemes, con su mezcla de mercado, bar y artesanías; Nueva Córdoba, con su eterno aire universitario o General Paz, si querés comer bien sin sentir que te quedás atrapado en el mismo circuito de siempre.
En cuanto a la región serrana, está la ruta más popular, por supuesto: Carlos Paz, Icho Cruz, Cuesta Blanca, Mina Clavero, etc., y luego están aquellos destinos un poco fuera de lo común y que aún conservan un poco de esa paz y tranquilidad: La Cumbre, La Falda, Los Cocos, Villa Giardino, etc. Todos estos rincones son accesibles para el público en general y no requieren ser un experto en trekking.
Luego están los valles: Punilla, Calamuchita, Traslasierra. Nombres que pueden sonar confusos hasta que los recorres por primera vez. Punilla es más inmediata, más una escapada; Calamuchita tiene su lago, su bosque, su aspecto centroeuropeo que a algunos les divierte y a otros les resulta muy extraño; Traslasierra tiene su propio ritmo, su sequedad, su espacio, sus atardeceres que te hacen tomarte tu tiempo.
Una vez que llegás, la pregunta no es ¿qué hacer?, sino ¿qué Córdoba quiero? Si es tu primera visita, la fórmula clásica es buena: dos días en la capital para orientarte y degustar la gastronomía cordobesa, y dos o tres noches en algún pueblo serrano para relajarte. Si ya conocés la capital, quizá sea mejor elegir un lugar y quedarte allí, sin intentar verlo todo. Córdoba no se ofenderá si te vas y vuelves en otra ocasión; al contrario, te dará la impresión de que te estará esperando.
Lo que no debes hacer es planificar tu viaje pensando en tachar ítems de una lista. Al fin y al cabo, en Córdoba, después de la tercer parada panorámica, todo empieza a parecer igual. Por otro lado, si uno se decide por hacer menos y vivir más, vuelve esa extraña sensación ligera que producen los viajes. Puede ocurrir en un museo de la capital, en una carretera de montaña desierta o en una larga mesa en algún pueblo donde el tiempo parece detenerse. No hay una sola Córdoba, afortunadamente